
Los desafíos de la familia en la sociedad son amplios y deben abordarse con una línea de acción concreta que beneficie y mueva a las personas a alcanzar proyectos concretos y plenos.
Hombre y mujer están llamados al amor, al amor consigo mismo y hacia sus hermanos. Es una tarea del ser humano compartir el don del amor, sin ánimos egoístas, y encontar su culminación en el matrimonio y el trabajo.
El hombre es responsable del propio hombre, de no dañarlo, hacer el bien posible, promoverlo para que crezca en virtud de su humanidad. La vida que administra es un don tan grande que merece ser respetada, y no sólo la de él sino también la de los demás.
En su condición de ser humano racional, libre y trascendente, el hombre se cuestiona de su existencia en el mundo y esto lo lleva a anhelar el conocimiento de la verdad.
La ciencia a logrado un mayor conocimiento de las estructuras más elementales del ser humano, lo que ha implicado alterar y controlar aspectos tan fundamentales para el hombre como lo es el principio y el fin de la vida. Los dilemas éticos son cada vez más complejos debido a las nuevas posibilidades que ofrece la medicina moderna.
El progreso humano, que es un gran bien para el hombre, lleva consigo riesgos y peligros donde atentando la jerarquía de valores pueden mezclarse bien con mal e intereses propios sobre el de los demás. Esto conlleva a que el mundo ya no sea un espacio de verdadera fraternidad amenazando incluso al propio género humano.
Intereses políticos, ideológicos e incluso económicos han puesto a la ciencia y los conocimientos adquiridos en contra del servicio a la vida del hombre. Son ejemplos de aquellos el aborto legalizado; el diagnóstico prenatal con fines eugenésicos; la reproducción artificial que provoca la eliminación de millones de seres humanos y la crioconservación de muchos ellos; la contracepción bajo la forma de aborto; la injusta distribución de recursos y personal de salud; la manipulación genética, además de otros.
En este contexto el matrimonio debe mantenerse fiel al amor conyugal, al procrear y educar a sus hijos, fundando la célula fundamental de la sociedad.
Se debe volver a reconocer el valor del hombre y a su diginidad radicada exclusivamente en el hecho de existir, de ser y no en el valor que los demás le atribuyen. La persona humana es siempre fin, nunca un medio para otro fin que no sea su propio bien. Tiene derechos inalienables que le vienen exclusivamente por el hecho de ser persona, entre ellos el derecho a la vida que es el primero y fundamental. Ni el Estado, ni organización alguna, ni motivo alguno puede prevalecer por sobre la vida de los seres humanos desde el momento de la concepción hasta la muerte natural.
Urge insitir en el hombre como una realidad unitaria en su condición corporal y espiritual, y es sobre esta base que será posible recuperar el sentido más profundo de la sexualidad humana como un don de la persona dado y recibido.
Cuando se actúa sobre el cuerpo de una persona se toca a la persona misma en virtud de esta unidad sustancial. Respetar a la persona implica también respetar su cuerpo. No puede ser fuente de manipulación a tal punto de no respetar su libertad, integridad física y sicológica y su identidad corporal y espiritual.
La procreación requiere que sea resultado de una relación conyugal fruto del amor esponsal. El hijo ha de ser acogido en virtud de la dignidad que lleva y no puede ser considerado un estorbo o peligro a evitar. La sexualidad hoy en gran medida ha quedado reducida a un mero hecho biológico, ha dejado de ser un acto personal que involucre la integridad de hombre y mujer, separándolo de la procreación.
La educación de la afectividad y sexualidad es una necesidad del ayer,hoy y el mañana. Ésta debe ir enfocada en la centralidad de la persona humana y no los intereses económicos, políticos y sociales. No puede aceptarse cualquier atentado en contra de la vida humana y tampoco el derecho a la salud en el sentido hedonístico. Como seres humanos estamos llamados a crear instancias a nivel familiar y social para promover la educación centrada en una concepción ética basada en la persona, que asegure el bien común y defensa de los derechos fundamentales de las personas, comenzando con el derecho a la vida.
Hombre y mujer están llamados al amor, al amor consigo mismo y hacia sus hermanos. Es una tarea del ser humano compartir el don del amor, sin ánimos egoístas, y encontar su culminación en el matrimonio y el trabajo.
El hombre es responsable del propio hombre, de no dañarlo, hacer el bien posible, promoverlo para que crezca en virtud de su humanidad. La vida que administra es un don tan grande que merece ser respetada, y no sólo la de él sino también la de los demás.
En su condición de ser humano racional, libre y trascendente, el hombre se cuestiona de su existencia en el mundo y esto lo lleva a anhelar el conocimiento de la verdad.
La ciencia a logrado un mayor conocimiento de las estructuras más elementales del ser humano, lo que ha implicado alterar y controlar aspectos tan fundamentales para el hombre como lo es el principio y el fin de la vida. Los dilemas éticos son cada vez más complejos debido a las nuevas posibilidades que ofrece la medicina moderna.
El progreso humano, que es un gran bien para el hombre, lleva consigo riesgos y peligros donde atentando la jerarquía de valores pueden mezclarse bien con mal e intereses propios sobre el de los demás. Esto conlleva a que el mundo ya no sea un espacio de verdadera fraternidad amenazando incluso al propio género humano.
Intereses políticos, ideológicos e incluso económicos han puesto a la ciencia y los conocimientos adquiridos en contra del servicio a la vida del hombre. Son ejemplos de aquellos el aborto legalizado; el diagnóstico prenatal con fines eugenésicos; la reproducción artificial que provoca la eliminación de millones de seres humanos y la crioconservación de muchos ellos; la contracepción bajo la forma de aborto; la injusta distribución de recursos y personal de salud; la manipulación genética, además de otros.
En este contexto el matrimonio debe mantenerse fiel al amor conyugal, al procrear y educar a sus hijos, fundando la célula fundamental de la sociedad.
Se debe volver a reconocer el valor del hombre y a su diginidad radicada exclusivamente en el hecho de existir, de ser y no en el valor que los demás le atribuyen. La persona humana es siempre fin, nunca un medio para otro fin que no sea su propio bien. Tiene derechos inalienables que le vienen exclusivamente por el hecho de ser persona, entre ellos el derecho a la vida que es el primero y fundamental. Ni el Estado, ni organización alguna, ni motivo alguno puede prevalecer por sobre la vida de los seres humanos desde el momento de la concepción hasta la muerte natural.
Urge insitir en el hombre como una realidad unitaria en su condición corporal y espiritual, y es sobre esta base que será posible recuperar el sentido más profundo de la sexualidad humana como un don de la persona dado y recibido.
Cuando se actúa sobre el cuerpo de una persona se toca a la persona misma en virtud de esta unidad sustancial. Respetar a la persona implica también respetar su cuerpo. No puede ser fuente de manipulación a tal punto de no respetar su libertad, integridad física y sicológica y su identidad corporal y espiritual.
La procreación requiere que sea resultado de una relación conyugal fruto del amor esponsal. El hijo ha de ser acogido en virtud de la dignidad que lleva y no puede ser considerado un estorbo o peligro a evitar. La sexualidad hoy en gran medida ha quedado reducida a un mero hecho biológico, ha dejado de ser un acto personal que involucre la integridad de hombre y mujer, separándolo de la procreación.
La educación de la afectividad y sexualidad es una necesidad del ayer,hoy y el mañana. Ésta debe ir enfocada en la centralidad de la persona humana y no los intereses económicos, políticos y sociales. No puede aceptarse cualquier atentado en contra de la vida humana y tampoco el derecho a la salud en el sentido hedonístico. Como seres humanos estamos llamados a crear instancias a nivel familiar y social para promover la educación centrada en una concepción ética basada en la persona, que asegure el bien común y defensa de los derechos fundamentales de las personas, comenzando con el derecho a la vida.
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